Gracias papa Leon XIV. Carta de los que le amamos

General, Parròquies Sant Joaquim i Sant Jaume

Carta al papa de tots nosaltres:

Alzamos la mirada, León, como aprendimos a hacerlo desde el cuerpo, ese cuerpo que pinta Les en las paredes de nuestra parroquia, ese cuerpo que no miente, que sangra y respira y sabe de barrios y de grietas, que huele a Cuba.

Desde la danza aprendimos que rezar también es girar despacio hasta que el tiempo se detiene y Dios cabe en el silencio. Y en cada movimiento una caricia y un acto de amor. Despacito como vuestros cuerpos cargados de historias de vida.

Subimos a Barcelona, nosotros, los de Santa Coloma, con una cruz entre las manos. No era de oro ni de mármol. Era de tactos:

la habían besado labios temblorosos,

la habían acariciado dedos arrugados,

la habían susurrado corazones vibrantes

la habían apretado niños llenos de sueños.

Cada uno pusimos en ella lo que somos: la fatiga y la ternura, el vecino difícil y el amigo cierto, el piso pequeño y el corazón ancho.

Eso te regalamos, León. Eso somos.

Y en la Catedral sentimos que la piedra tenía pulso porque somos tu esposa amada. Y como esposa latía al ritmo de cada nota, de cada respirar en el idioma sin nombre que hablan los que lloran de alegría.

Por las calles de Barcelona y en Montjuic fuimos multitud que latía, cuerpo de muchos cuerpos, bautizados en un mismo espíritu para formar un solo cuerpo como tú mismo dijiste, y lo entendimos con los pies, caminando juntos, “Constructores de unidad”.

Y entonces, la Torre de Jesús se encendió. Y brotaron las lágrimas, y cogimos las manos, y recuperamos lo sueños, y nos volvimos niños sorprendidos descubriendo de nuevo que primero es el amor.

No fue solo luz de ingeniería, fue la sonora cruz de Jesús vibrante sobre la ciudad que sufre, sobre el barrio que no aparece en las postales, sobre Santa Coloma que también estaba allí, presente, pequeña y entera.

La Sagrada familia abrió sus puertas como si fueran sus brazos para invitar a cada uno al altar, signo de unidad y de concordia, y nosotros éramos ese cada uno, los de la danza, los del himno, los del trazo, los que llevábamos la cruz con las dos manos.

Cada latido nuestro era un latido de esa cruz ardiente. Ahí estábamos todos y todas al unísono perdidos en el universo del misterio de ese Jesús apasionado.

Un Jesús apasionado que no puede mirar el sufrimiento sin moverse hacia él, que nos empuja a abrir puertas, a coger al diferente por el brazo, a no tener miedo del que llega con otra lengua, otra herida, otra historia. A danzar. A Crear. A soñar.

Y es que tú mismo lo dijiste, León, con voz que no temblaba: “no podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria”.

Y nosotros te escuchamos y reconocimos nuestra calle, nuestra parroquia, nuestra gente.

Porque tú nos recordaste que “Dios te ama como eres pero te sueña mejor”.

Y eso es la esperanza: no la que espera sentada, sino la que se levanta y abre la ventana y dice: aquí estoy, aquí estamos.

En la Sagrada familia yo también estaba allí, con veinticinco años de cura

Veinticinco años de mesas compartidas, de enfermos visitados a deshora, de bodas alegres y duelos lentos, de sonrisas y abrazos, de ternura y locura, de homilías que a veces servían y de silencios que servían más, de familia y amigos, de llorar y abrazar la cruz, de caminar juntos.

Celebrar esto aquí, ahora, contigo, con ellos, en esta ciudad que huele a mar y a acogida es un regalo que no me cabe en el pecho.

León, dijiste que “los errores de la vida no determinan la identidad de una persona. El pasado no condena el futuro”. Nosotros lo sabíamos ya, lo sabemos de vivirlo, pero necesitábamos escucharlo de tu boca para seguir diciéndolo con la nuestra.

Gracias por venir.

Gracias por recibir nuestra cruz. Esa cruz de manos llenas.

Y por devolverla convertida en luz.

Abrimos las ventanas. La esperanza entra.

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